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sábado, 23 de octubre de 2010

De regreso

Asesinato de Pazos fue “crimen de Estado”: Triquis-DF

por Arlen Pimentel (publicado originalmente en Milenio.com)

El representante del Movimiento Unificado de Lucha Triqui en el DF responsabilizó al gobierno de Oaxaca del asesinato de Heriberto Pazos Ortiz, líder de su organización.


Ciudad de México.- Pascual de Jesús González, representante del Movimiento Unificado de Lucha Triqui (MULT) en el DF, calificó como un crimen de estado el asesinato de Heriberto Pazos líder histórico de su organización, ocurrido esta mañana.

El indígena triqui asesinado fue líder del MULT durante 30 años al frente de 900 comunidades y mil 500 comités de lucha, dijo González en entrevista.

Al frente de alrededor de 50 indígenas triquis, apostados brevemente frente a las instalaciones de Milenio en la ciudad de México alrededor de las 16:00 horas, el representante aseguró que el asesinato de Pazos se debe a que el Estado siempre ha considerado al MULT como un peligro.

Dijo que continuarán manifestándose en la capital del país y en Oaxaca como protesta y en demanda del esclarecimiento del crimen.

Señaló que el día de hoy a las 11:00 horas en la colonia Cinco Señores de la ciudad de Oaxaca, dos personas a bordo de una moto dispararon contra Pazos, lo que le ocasionó la muerte, misma información que la Secretaría de Seguridad Pública estatal confirmó.

El asesinato de Heriberto Pazos se da un día después del asesinato de Catarino Torres, también indígena oaxaqueño y líder del Comité de Defensa Ciudadana (Codeci).

Cabe señalar que ambas organizaciones, tanto el MULT como el Codeci, pertenecieron a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, movimiento iniciado en 2006 cuya exigencia principal fue la destitución de Ulises Ruiz, gobernador del estado.

Ruiz es señalado por la Codeci como el principal responsable del asesinato de Catarino Torres.

Arlen Pimentel /Milenio.com

Asesinato de Pazos fue “crimen de Estado”: Triquis-DF Link a Milenio.com

miércoles, 28 de abril de 2010

Siguen ahí

por Arlen Pimentel

Foto: Arlen Pimentel















Trabajaron cinco, 10, 15, 20 años. Algunos sólo cuatro meses. En estos días su principal ocupación es lidiar con los intensos rayos de sol que cubren por completo el Zócalo capitalino a mediodía. Cubiertas de plástico, mantas, carpas y baños móviles ayudan a sobrellevar el paro forzoso.

Llegaron a las 12 del día el domingo 25 y desde entonces ocupan una cuarta parte de la plaza. Algunos platican en círculos, hacen guardia en la carpa principal, arman nuevas carpas, otros más juegan dominó; la mayoría sencillamente están sentados, horas y horas, con el frío, bajo el sol, bajo una larga espera.

Tras el campamento -dentro del mismo Zócalo- asoma una enorme construcción, un museo temporal que ahora nadie visita, porque ya lo están quitando. Las altas estructuras metálicas resaltan entre las casas improvisadas de plástico y cartón. Una docena de trabajadores y un guardia de seguridad pueblan la construcción temporal.

La bandera de México queda a la mitad, como si fuera una línea divisoria. De un lado el museo en deconstrucción, del otro lado el SME en su lucha. Las mantas revelan las identidades: Grupo de Secretarias, Líneas Aéreas, Agencia Tulyehualco, Manto eléctrico, Medidores prueba.


Foto: Arlen Pimentel

Es la segunda vez que están aquí. La primera fue poco después del fatídico anuncio: la desaparición de su fuente de trabajo, de Luz y Fuerza del Centro. En estos siete meses han hecho casi de todo: marchas, plantones, cierres de carreteras, asambleas, mítines. Regresan porque les faltó algo: la huelga de hambre.

Junto a la salida del metro está la carpa grande, blanca, cuadrada, de 10 por 10 metros. En ella 30 electricistas mantienen por voluntad propia sus estómagos vacíos. Igual número de catres soportan sus cuerpos todavía fuertes. Escuchan a una psicóloga, quien les ayuda a no perder la moral.

- Aquí existe una hermandad –dice Emanuel Muñoz, de la comisión de apoyo-, nunca dejamos solo a un compañero, siempre está rodeado.

Es uno de los smeítas que resguardan el espacio de los huelguistas. Después de tres años en la lista logró entrar a la empresa, pero sólo trabajó cuatro meses porque liquidaron la empresa.

Foto: Arlen Pimentel

Hay muchos trabajadores en el plantón; pero el ambiente es muy tranquilo. No hay algarabía pero tampoco hay depresión. Es como un estado de insomnio. Es como un atolladero, ni para atrás ni para adelante, un reflejo del conflicto. La diferencia es que ahora hay vidas en riesgo.

Empezaron con 10 voluntarios y cada día a partir de las 10 de la mañana –previa conferencia de prensa- aumentan otros 10. Nadie levanta la huelga de hambre “hasta que el gobierno solucione y restablezca el estado de derecho”, dice Emanuel.

De pronto la gente despabila. Chiflidos, gritos, miradas de odio. Es porque una camioneta de la policía federal pasa frente al campamento. Los uniformados parados sobre la cajuela, con las armas en alto, evitan las miradas.

- ¡Pinches putos! – gritan los ex trabajadores- ¡No tienen güevos!

La rabia le da vida a la gente. Por un megáfono una señora grita consignas contra Calderón. La inconformidad con el mandatario es evidente. En una de las pequeñas carpas cuelga una fotografía de él con un bigote estilo Hitler y una suástica en lugar de la banda tricolor.


foto: Arlen Pimentel

En otra instalación hay cartulinas con leyendas que rezan: “Aquí no es asilo para liquidados”. En otras “¡Fuera Calderón!” junto con el llamado a una consulta nacional para el 22 y 23 de mayo para decidir si el ejecutivo se va o se queda.
También están presentes los puestos ambulantes, pero de los mismos electricistas. Paletas de tres y cinco pesos, aguas a seis y cocas en lata a siete 50. De algo hay que sobrevivir.

Los electricistas siguen ahí, en su lucha. Buscan nuevas formas para presionar y recuperar su trabajo. 17 mil siguen en pie, según el Sindicato. Los que no se liquidaron, los que siguen necios, o cómo dice Emanuel: “los que nos subimos a un tren, del que no nos vamos a bajar hasta que llegue a la estación”.

domingo, 7 de marzo de 2010

Para no borrar nuestra historia (Día de la mujer trabajadora)


por Miriam Libertad Djeordjian
Círculo Autónomo Feminista – circuloautonomofeminista@gmail.com

Uno de los grandes triunfos del sistema, ha sido borrar la historia que se teje en el trabajo cotidiano sintetizando, en cambio, épicas de héroes con protagonistas de primer plano, sin contexto, sin historia, sin procesos políticos.

¿Qué hemos escuchado del 8 de marzo?
Para empezar, que es el “día de la mujer”. Muchos llegarán con flores y una tarjeta de felicitación para “ellas”, sin saber siquiera qué se conmemora.

Otros, con un poco más de inquietud, sabrán que en algo tienen que ver las socialistas, una tal Clara Zetkin que lo propuso. Con un poco más de suerte, sabremos que fue en el marco de una Conferencia de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague. Se menciona por allí algo de un incendio, en una fábrica llamada Cotton, donde mueren quemadas más de 100 obreras.

Y en casos de silencio intencional, algunas voces institucionales dirán, sin pudor, que lo instituyó Naciones Unidas en 1975, sin hacer ninguna cita previa.

En una tarea de compromiso histórico, varias investigadoras han buscado echar luz sobre ciertos mitos existentes en torno a este día. Entre ellas, Ana Isabel Álvarez González asegura que no fue instituido puntualmente, sino que una sucesión de procesos colectivos fueron creando el sentido de conmemorar la lucha de las mujeres trabajadoras. Y digo trabajadoras porque fue en su genealogía una propuesta clasista, ligada a las reinvindicaciones laborales que en el inicio de siglo XX conformaron el punto de partida de las huelgas obreras.

Primer antecedente: en Febrero de 1908, mujeres socialistas celebran en un teatro de Chicago el Womans Day, reivindicando el “derecho al voto” y manifestándose “contra la esclavitud sexual”.

Para agosto de 1910, y con el antecedente en Masachusset de una huelga textil exclusiva de mujeres, Lena Morrow Lewis y May Wood Simons llevan a la 2° Conferencia Mundial de Mujeres Socialistas realizada en Dinamarca, la propuesta de conmemorar, como en Estados Unidos, un Womens day. Resignificada con un nombre más clasista, se acepta conmemorar un Día Internacional de la Mujer Trabajadora, propuesta que se le atribuye a Clara Zetkin.

Sin un día fijo, mantienen las norteamericanas el último domingo de Febrero, y las europeas fijan un día de marzo. Dos días antes de su primer celebración en 1911, un fatídico incendio en la Triangle Shirtwaist Company, acabó con la vida de 146 obreras que trabajaban encerradas bajo llave para que no se movieran de sus puestos de trabajo, tal cual como hoy sigue haciendo Wall-Mart Stores Incorporated en muchos de sus almacenes durante los turnos de la noche. Este hecho, exaltó los motivos de la lucha sindical determinando que en la celebración de 1911 más de un millón de mujeres trabajadoras se sumaran a las movilizaciones.

Posteriormente, fue el repudio a la primera Guerra Mundial y la solidaridad internacionalista de las mujeres contra todo nacionalismo, mucho más que la lucha por el voto, la convocatoria principal de las celebraciones del día. En Rusia, el gobierno zarista reprime en 1913 la movilización por el Día de las Obreras, deportando a Siberia a sus organizadoras.

Años más tarde, el paro masivo de mujeres en San Petesburgo cambiaría la historia: pedían pan y exigían el regreso de las tropas rusas que llevaban ya 2 millones de muertos. Inició así el 8 de marzo de 1917 (23 de Febrero del calendario juliano) una movilización a la que se unirán trabajadores y estudiantes, determinando 4 días después la abdicación del zar, y dando paso a un gobierno provisional que será finalmente derrocado en octubre con la toma del Palacio de Invierno.

Borrar los procesos sociales, es la mejor forma de negar la historia.

Hace dos años, fue demolida la Casa de la Juventud en Copenhague, la misma que a principio de siglo alojó a sindicatos y organizaciones sociales. Sí. Fue demolido el mismo edificio donde se instituyó un Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Y por esas ironías de la macrocultura patriarcal, es ahora dueña del predio una secta cristiana llamada “La casa del Padre”. Ni Naciones Unidas, ni gobiernos instituyeron el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Como todas las conquistas de las mujeres, este día es fruto de la perseverancia por cambiar el orden dominante, convencidas que, lo que hoy es utopía con la lucha será posible.

Nosotras, desde el Círculo, como cantaron las trabajadoras textiles de Massachussets durante su huelga: “Queremos compartir toda la belleza: ¡Pan y rosas, pan y rosas!”

Miriam Libertad Djeordjian
Círculo Autónomo Feminista

México-Tenochtitlan
del náhuatl metztli que significa luna y xictli que quiere decir ombligo.
Metzxico significa entonces: Lugar del ombligo de la luna.



Fuentes Consultadas

http://www.fire.or.cr/8marzo01.htm
http://www.csun.edu/~ghy7463/mw2.html
http://trianglememorial.org/history.html

jueves, 4 de marzo de 2010

Se encendió una lámpara votiva


















Foto: Fermín Blanco http://revistaobtura.blogspot.com/


por Arlen Pimentel

“En la plaza de las Tres Culturas, orgullo de la nueva ciudad y muestra soberbia de nuestra historia, se ha derramado la sangre. Y es sangre de muchachos y de muchachas, de hombres y mujeres del pueblo.
¿Por qué?”
Carlos Monsiváis, A ustedes les consta.


“Dos mujeres me salvaron la vida”


Cuando Emilio regresó aquella tarde de la colonia Guerrero, después de encaminar a su amiga hacia una fiesta, vio a lo lejos grandes llamas de fuego, gente que corría asustada, militares que corrían de un lado a otro con las armas en la mano y escuchó sonidos de disparos a lo lejos. Era el dos de octubre de 1968.

Emilio quedó en shock, apenas una media hora antes, alrededor de las seis de la tarde, estuvo en el tercer piso del edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco, en la comisión de seguridad, junto con los oradores del Consejo Nacional de Huelga, CNH.

La plaza estaba repleta de estudiantes, pero también de niños, padres de familia, trabajadores y periodistas nacionales e internacionales, algunos de la talla de Oriana Fallaci. El protagonista de ésta historia, Santiago Emilio Reza Araujo, tenía sólo 20 años de edad en aquel entonces, era estudiante de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.

“Yo tenía una amiga que se llamaba Sonia, sus papás habían estado en la Guerra Civil Española y habían visto cosas horribles, y aunque no sabían lo que iba a pasar, no querían que ella fuera a la marcha, pero yo la convencí de que fuera un ratito, y ella me dijo ‘bueno Emilio, si voy, pero hasta las seis, porque voy a ir a una fiesta’.

“Nos fuimos a la marcha, y cuando llegamos a la plaza, yo me subí de seguridad, al tercer piso del Chihuahua, y como a eso de las seis de la tarde subió mi amiga por mí, porque quedé de acompañarla una parte del camino.

“Cuando bajamos las escaleras vi hombres vestidos muy formales y algunos con un guante blanco en una mano, que ya después de muchos años me enteré que eran del Batallón Olimpia.

“Mi amiga me insistió tanto que al final la acompañé hasta Guerrero, pero cuando caminé de regreso, pensé que la Plaza se estaba incendiando, porque había unas flamas de fuego enormes, luego caminé más y me di cuenta que era un camión el que estaba en llamas.

“También vi a militares que subieron a los camiones de pasajeros, aventaron gasolina y luego les prendieron fuego, pero luego en los medios dijeron que eso lo habían hecho los estudiantes. Yo seguí corriendo en dirección a Tlatelolco, pero cuando llegué a las inmediaciones, por la avenida Ricardo Flores Magón, la plaza estaba rodeada de puros granaderos, policías y militares y no se podía entrar.

“Vi el edificio Chihuahua de perfil y las trayectorias de los balazos, como delgadas líneas de fuego, después supe eran balas trazadoras, que fueron utilizadas para señalar hacia donde debían apuntar fuego.

“Empecé a buscar por donde entrar, le di la vuelta a la manzana, me metí por callecitas y en una de esas, cuando estaba a punto de entrar, salió corriendo un estudiante y detrás de él iba un policía de tránsito, con su uniforme café, que le iba apuntando con una pistola.

“Cuando el policía me vio, dejó de perseguir al otro, se me puso de frente y me apuntó con el arma. En ese momento pensé que iba a morir. De pronto salió una viejita que iba con sus bolsas del mandado, una en cada mano, y cuando vio lo que sucedía, tiro sus bolsas al suelo, se puso de rodillas y lloró y rogó.

“El oficial, contrariado, no supo qué hacer y sin más se volvió a meter a la plaza. Yo no pude entrar y me quedé hasta las 10 u 11 de la noche, no recuerdo, hasta que los disparos dejaron de oírse y me fui caminando a mi casa. Ese día dos mujeres me salvaron la vida.”

Antes del 68

Emilio Reza tiene una voz muy suave. Habla casi en susurros y en sus cuerdas vocales se aprecia el paso del tiempo. Pero sus ojos color ámbar son jóvenes, no encuadran en su cabeza redonda, en su piel blanca arrugada, bajo sus delgados cabellos cenizos. El color se ha ido de su piel y de su pelo, pero no de sus ojos, expresivos, que recuerdan más que sus palabras.

“El antecedente inmediato que nosotros los que participamos en el 68 reconocemos, el movimiento democrático más importante para la población, no nada más para nosotros, fue el de los ferrocarrileros, el de Demetrio Vallejo y Valentín Campa, que eran miembros del Partido Comunista.”

Sentado en una mesita del Centro de Documentación para América Latina, CEDAL, de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, ANUIES, al sur de la ciudad, el biólogo cuenta su experiencia, desde los marcos de la calle de Tenayuca número 200, a tres cuadras del metro División del Norte.

Rodeado de estantes con cientos de libros sobre educación, dice que para entender el dos de octubre hay que empezar desde el principio: “Antes del 68 hubo marchas encabezadas por el que ahora es senador, Pablo Gómez, que en ese entonces era de la Juventud Comunista.

“Yo también era del brazo juvenil del Partido Comunista, pero primero estuve en un grupo que se llamaba Nuevo Grupo de la Facultad de Ciencias, y este grupo, con mucha discreción, estaba dirigido por miembros de la Juventud Comunista, así que después de un tiempo en el Grupo, los de la Juventud me reclutaron, a principios del 68.

“En ese entonces el Presidente era Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de Gobernación era Luis Echeverría, que luego supimos eran los dos de la CIA, ‘Central Intelligence Agency’, por su siglas en inglés, el nombre de Echeverría, su nombre clave para la CIA, era LITEMPO.

“La consigna en ese tiempo era atacar a las universidades, una consigna de la CIA para Latinoamérica era aplicar una política de sabotaje hacia las escuelas públicas, porque son centros de discusión.

“Nosotros sacábamos propaganda en apoyo a la Universidad de Michoacán, había otros movimientos, en Ciudad Juárez en la Escuela Hermanos Escobar, otros en la Universidad Autónoma de Guerrero, UAG, antes del 68. Esas tres universidades fueron importantes, previas al movimiento estudiantil de la UNAM, porque se hacían actividades de información, difusión y protesta.”

Mientras habla, se quita los lentes de montura dorada y los cuelga en el bolsillo de su camisa, resaltan sus rasgos faciales: una nariz grande y afilada, labios delgados en una boca pequeña, cejas cortas y arqueadas, pero muy expresivas.

De vez en cuando saca su pluma de punto fino, prendida en el ojal de la camisa, para hacer anotaciones en su agenda, una libreta forrada de plástico negro. Recuerdos, dudas por resolver, preguntas que no puede contestar.

“Yo entré a la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1966. En ese año hubo un movimiento contra el rector Ignacio Chávez, un famosísimo cardiólogo mexicano, fundador del Instituto Nacional de Cardiología.

“Precisamente en esos años, entre el 66 y el 67, se discutía en la UNAM si se estudiaba el marxismo o no. Porque unos decían que era una filosofía o una corriente política, y otros decían ¡ah no! Un anticomunismo feroz ¿verdad?

“Pero el rector dijo una frase así como ‘yo estoy por la verdad’ o ‘yo estoy por la universidad’, que en realidad era una aceptación de que en la universidad se debía estudiar de todo, además del marxismo, todos los aspectos, todas las disciplinas.

“Entonces eso fue como el arranque de los ataques de Díaz Ordaz y el secretario de Gobernación Luis Echeverría. Recuerdo que un estudiante llamado Leopoldo Sánchez Duarte, provocó un movimiento de ataque para el rector Ignacio Chávez, su papá se llamaba Leopoldo Sánchez Celis y era gobernador de Sinaloa.

“Por ese lado vinieron los ataques a ese tan prestigiado rector y muchos se fueron con la finta, se armó una huelga, organizada por ambos lados, los estudiantes democráticos y los que estaban con el PRI. El rector era muy estricto y algunos compañeros decían que de manera legítima había que sacarlo, pero los otros no, los otros querían confrontarlo.

“Ya desde 1964 habían empezado hostigamientos contra ese rector. Llegaban a los salones de clase, luego supimos que eran fascistas y porros, abrían las puertas y echaban botes de amoniaco. Hacían sabotaje contra Chávez, hasta que lo hicieron renunciar. Las acciones de presión superaron las prepas y toda la UNAM se paralizó, hasta que sacaron al rector.”

Emilio Reza se queda callado a ratos, intenta recordar y poco a poco la memoria se hace más fluida. De vestimenta sencilla, pantalón de mezclilla gris, camiseta del mismo color y camisa azul, su aspecto no delata la suerte de algunos líderes de ese movimiento, diputados o funcionarios gubernamentales en la actualidad.

“Precisamente en el 67 cuando yo entré a Ciencias estaban en elecciones, en ese entonces existía la FUSA, que era el Frente Universitario de Sociedades de Alumnos, existía también el Movimiento de Renovación Orientadora, el MURO, que eran los fascistas, y que hasta el 68 habían ganado la elección en Ciencias.

“El MURO empezó a presionar cada vez más contra rectoría, para ese entonces ya estaba Javier Barros Sierra. Inclusive en la Facultad de Medicina hubo un golpe contra la Sociedad de Alumnos, se metieron a los archivos de la Facultad y los robaron, llegaron a vender su periódico y golpearon estudiantes.

“Su periódico se llamaba ‘PUÑO’ y el subtitulo era ‘golpear con la verdad’, entonces había repudio de los compañeros y por eso el MURO los golpeaba, sabían quiénes éramos de la Juventud Comunista y nos golpeaban, hasta que se rebelaron los alumnos, en Economía y Filosofía hubo enfrentamientos muy fuertes.”

Y llegó el movimiento…


En la pequeña biblioteca de la ANUIES, se mueve de un lado a otro una trabajadora, para facilitar libros y documentos a quien lo solicita. En la mesa de al lado, dos mujeres jóvenes leen sendos libros, en busca quizá de datos para sus tesis. Con la cabeza apoyada sobre las manos entrelazadas, los codos sobre la mesa, el también integrante del Comité 68 habla cada vez más bajo.

“Empezaron las movilizaciones, la del 26 de julio en solidaridad con la Revolución Cubana fue de las más importantes, pocos días después, el 30 de julio, inició la huelga. Al principio sólo eran dos o tres puntos del pliego petitorio:

“La derogación del artículo 145 del Código Penal, el de la disolución social, la destitución de los jefes de la policía Raúl Mendiolea y José Luis Cueto y la libertad de los presos políticos fueron los primeros puntos.

“Pero luego se agregó lo de la desaparición del cuerpo de granaderos, la indemnización de los familiares de muertos y heridos en el conflicto y deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios públicos en los hechos sangrientos.

“El representante de Ciencias ante el CNH era Gilberto Guevara Niebla. Yo formé parte del CNH pero después del dos de octubre, éramos cuatro: dos titulares y dos suplentes. El tres de octubre, después de que regresamos a las escuelas, me eligieron a mí como representante y a Luis Felipe Quezada.

“Lo importante de Luis Quezada es que él entregó el pliego petitorio con los seis puntos del movimiento estudiantil, a lo que se llamaba en ese entonces Secretaría de la Presidencia. Eso fue el 13 de septiembre, al término de la Gran Marcha del Silencio. Antes hubo otra marcha el 27 de agosto.

“El mismo 13 de septiembre, al término de la marcha llegó el ejército al Zócalo y con altavoces nos dijeron que saliéramos de la plaza, que teníamos sólo tres minutos para desalojar. La gente comenzó a salir casi a empujones, y nos subieron a carros y autobuses.

“A mí me subieron a una vagoneta, y cuando quise salir con las manos en alto, para ayudar a una amiga, un soldado me apuntó y me hirió con su bayoneta en la mano derecha.” Al tiempo de decir esto, Emilio muestra la palma de su mano, y en efecto, se ve todavía la cicatriz.

“El 18 de septiembre entró el ejército a CU y me detuvieron, era mi segunda vez y me llevaron otra vez a los sótanos de donde estaba la Policía de Tránsito, por Cuauhtémoc, ahí pase dos días y dos noches, junto con otras 90 personas que también estaban detenidas.

“Las manifestaciones estaban cada vez más grandes y más tensas. Llegó el dos de octubre. En la mañana fuimos a la casa del rector Barros Sierra, para ver lo de las pláticas entre estudiantes y gobierno. Después nos fuimos a la marcha, que salió del casco de Santo Tomás hacia Tlatelolco.

“Algún día una lámpara votiva se levantará en la plaza de las Tres Culturas”
De pie, Emilio Reza se inclina para ver mejor las fotos impresas en una gran libro de pasta dura. Es Lienzo Tlatelolco, un libro de fotografías de Héctor García y testimonios de participantes en el movimiento estudiantil de 1968, una por una las explica, hasta donde recuerda; aparecen los símbolos del movimiento, la L y la D dibujadas en un círculo rojinegro, L de Libertad y D de Democracia.

Fotografías de los estudiantes asesinados, más adelante la de un niño, de apenas 12 años. Otra ilustración: el dibujo de un tanque al centro, arriba la leyenda ‘Este diálogo no lo entendemos’. También dos fotos del momento en que un desconocido se lanza sobre Oriana Fallaci para protegerla de las balas, y el rostro de desesperación de la periodista.

“Al siguiente día del dos de octubre, fui a la Facultad para una asamblea, pero casi nadie llegó. Me contaron que ese día no dejaban pasar a la Plaza porque todavía en la mañana el ejército estaba limpiando la sangre y recogiendo ropa y zapatos.

“El 9 de diciembre terminó la huelga, aunque muchos no regresamos todavía a clases, porque nos negábamos a aceptar que se había terminado.

“Después se organizaron nuevas manifestaciones, nuevas luchas, ahora contra Echeverría como Presidente. Estuve también en la marcha del 10 de junio de 1971, que fue el jueves de corpus… pero ésa es otra historia.”